Porque ya no queda nada.
Y el vacío precipitó los lirios por el acantilado
y el alféizar se cubrió de malas hierbas
y la piedra enterró la arena de la playa.
Ya no queda nada.
“Muevan su cuerpo levemente hacia adelante para apoyar la guitarra contra su pecho, la poesía de la música debe resonar en su corazón.” (Andrés Segovia) "Escribir es defender la soledad en que se está." (María Zambrano)
Porque ya no queda nada.
Y el vacío precipitó los lirios por el acantilado
y el alféizar se cubrió de malas hierbas
y la piedra enterró la arena de la playa.
Ya no queda nada.
Salimos a la mañana
como águila que atisba horizonte.
Urdimos el pulso de las sábanas
saboreando el licor de nuestros vientres.
Es ahora,
en esta muerte entreabierta
que ningunea la luz del alba,
tiempo en el que resurgiremos
de nuestras pétreas cenizas.
Serán las gotas de sal resucitándonos
tras haber sido cadáveres
en el fragor de la ardua batalla.
Porque siempre juramos que la noche
nos convertiría en ángeles.
Hiel de culpa brotando a la alborada,
umbral de hierro forjando la herida,
pecho sin dádiva,
comisura encerrada entre la luz de tu boca
huyendo impasible hacia la oscuridad de la duda.
Porque sólo tu risa bastaría para sanarme.
He visto la Luna brillar
incendiando el umbral de hierro de tu pecho,
es tiempo de olvidar los rastrojos
y contemplar cómo la Vida es capaz
de iluminar el bosque que por tanto tiempo
supo acallar nuestra mirada