Busqué la perseida
que me llevara hacia tí
y la Luna me enseñó el camino
de un pinar vacío
en el cielo de mi memoria.
“Muevan su cuerpo levemente hacia adelante para apoyar la guitarra contra su pecho, la poesía de la música debe resonar en su corazón.” (Andrés Segovia) "Escribir es defender la soledad en que se está." (María Zambrano)
Busqué la perseida
que me llevara hacia tí
y la Luna me enseñó el camino
de un pinar vacío
en el cielo de mi memoria.
Serena me acoges en tus labios de sal
recibiendo los besos
que otros labios no saborearon.
Volteas mi cruz,
rezumas calma,
tiempo
y en cada golpe de tu eterna resaca
descansa mi cuerpo extasiado.
Tus aguas acarician mi piel
y tus mareas comprenden
el amor que mi humillada alma
no supo reposar en ninguna orilla.
Yergue la rosa
incólume al silencio
y se inunda la nariz
de indómitos ríos de miel
que de tus ojos brotaron.
A veces, el verde sustituye
la negrura,
y oigo risas
al otro lado del río.
La llama pelea
empeñada en sumergirse
bajo la mar.
Aún conservo la llave
del cobertizo donde se esconde la locura,
pero no me quedan fuerzas
para seguir llenando esta fuente
que sólo emana lágrimas.
Ya no quiero luces de artificio
ni hogueras al borde de una cuneta
donde arde sin remedio la tristeza.
Ahora descanso
esperando que una melodía libere mi alma
de toda esta maleza.
Porque ya no queda nada.
Y el vacío precipitó los lirios por el acantilado
y el alféizar se cubrió de malas hierbas
y la piedra enterró la arena de la playa.
Ya no queda nada.
Salimos a la mañana
como águila que atisba horizonte.
Urdimos el pulso de las sábanas
saboreando el licor de nuestros vientres.
Es ahora,
en esta muerte entreabierta
que ningunea la luz del alba,
tiempo en el que resurgiremos
de nuestras pétreas cenizas.
Serán las gotas de sal resucitándonos
tras haber sido cadáveres
en el fragor de la ardua batalla.
Porque siempre juramos que la noche
nos convertiría en ángeles.