Monótonos ríos desmantelan
viejos sedimentos desordenados,
mientras espléndidas playas se inundan
al arrullo de pétalos de hierro y fuego.
Flores de cerezo
esparcidas sobre vientres colmados
con lágrimas de cuencas secas
y frágil lamento quebrado.
Risas que se escuchan sordas
tras aguas de lenta pleamar
y podrido aliento.
Todo el verde surgido en la mañana,
a la tarde se convertirá en pálido viento seco.
Suerte que aún nos queda éste,
amor mío,
nuestro sendero.
Entonces,
¡huyamos por el espinado camino
que cruza el desolado huerto!
¡Agárrate fuerte a mi pecho y corramos!
que aquel sonido de guitarras
jamás acallaran las voces de nuestro desvelo.
Deja que te ofrezca mis brazos
para desprenderte
de todo tormento.
Y después huyamos,
amor mío,
por éste,
nuestro sendero.
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