He visto la Luna brillar
incendiando el umbral de hierro de tu pecho,
es tiempo de olvidar los rastrojos
y contemplar cómo la Vida es capaz
de iluminar el bosque que por tanto tiempo
supo acallar nuestra mirada
“Muevan su cuerpo levemente hacia adelante para apoyar la guitarra contra su pecho, la poesía de la música debe resonar en su corazón.” (Andrés Segovia) "Escribir es defender la soledad en que se está." (María Zambrano)
He visto la Luna brillar
incendiando el umbral de hierro de tu pecho,
es tiempo de olvidar los rastrojos
y contemplar cómo la Vida es capaz
de iluminar el bosque que por tanto tiempo
supo acallar nuestra mirada
que partió.
Dejar de lado el horizonte
que ya no se encuentra lejos
sino que es destino
inalcanzable.
Olvidar que las lágrimas
secaron al abrigo de un pecho
y que ya no hay vida
en aquel jardín que fue
cultivado.
Se dice adiós
como se despiden del Mar
las gaviotas,
aleteando en el silencio
a la espera de que el olvido
engulla con sus fauces
los colores
del viento.
Destilabas risa
en cada poro de las palabras
que emanaban del tapiz.
Plantabas tu cara
en un jardín de metáforas
donde las esdrújulas se esforzaban
por perseguir tu entera y luminosa frente.
Cada verbo deseaba atrapar
la belleza de tu mirada
y tan sólo un adjetivo
bastaba para iluminar tu vientre.
Pero aquellos papeles se mojaban
con la sal de mis lágrimas
y mi cuello moría
esperando la cálida ola
de tu abrazo.
Aquel abrazo nunca llegó,
y ahora sólo quedan recuerdos que yacen
en el descolorido orden
de alguna olvidada fotografía.
Ahora que todo es silencio,
que ya acepté la soledad como fiel compañera,
ahora que la sombra tiñe con su manto
la escalera,
vuelvo a la mariposa
que sobrevuela tu vientre,
allá donde la vida renace de entre las cicatrices
y hay un ángel que despierta
la risa de aquella sirena.
Ahora que otros ojos la contemplan a ella,
yo continúo sordo de música y belleza.
La vida ya no es ansia
sino más bien
este leve traqueteo de roñosas ruedas
que no conocen el camino de vuelta.